miércoles, 30 de enero de 2013

MATER SUSPIRIA


Si alguno viene a mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas e incluso su propia vida, no puede ser mi discípulo”.
(Lc. XVI, 26)







Tiene un regusto a cenizas este agua…

Habito los rincones vacíos de la memoria,
Un vacío que ninguna palabra podrá llenar.
Siento fluir de mí el espeso licor que nubla la tarde,
Y nada me queda por hacer,
Solo esperar.
El júbilo ahogado de los niños ya pasó,
            Era un coágulo menstrual demorado en cada ventana de la casa.

Mido eternidades sobre el marco,
Crecen tan deprisa,
Apenas cicatrices que sangran a la noche desde esta madera antigua,


Un silencio tiñe la niebla,
Y ya no lo oigo,
El chapoteo de sus miembros,
Ya no las oigo,
Palabras que olvidé,
Solo un vestigio inarticulado,
como un guiñapo súbito,
como una huella desvaída,
Clamor mudo desde el abismo.

Aún no es ahora.
El pasado nunca fue,
La memoria lo creó.
Y olvidé.

Si pudiera,
Si pudiera esperar,
Si pudiera esperar su regreso.
Si pudiera esperar su regreso le contaría,
Le hablaría de este tiempo de cenizas,
Sería mi testigo,
Sería otro mártir.
Pero en mi hogar sólo quedan rumores amargos,
y el estanqué está íntimo de luna.

Tuve tres hijos.
                            Mi memoria los creó.






domingo, 27 de enero de 2013

WERT Y LA FILOSOFÍA.


Puedio dejar que otro me haga los zapatos, pero no puedo dejar que otro piense por mí.
LICHTENBERG








Que la presencia de la Filosofía en los planes de estudio tenía los días contados, era algo que sabía desde hacía tiempo. Vivir en una ciudad con Facultad de Filosofía y Letras donde no se imparte la titulación, es significativo, premonitorio, deprimente.

No arremeteré contra el Ministro Wert y la enésima reforma educativa que hemos de sufrir, al fin y al cabo él nada sabe. Apostaría los diez dedos de ambas manos y las tres piernas a que no hay un solo ministro/a, diputado/a o senador/a que haya (h)ojeado La República o Las Leyes, tan siquiera La apología de Sócrates, que son menos páginas y se pasan más aprisa. El que no sabe es irresponsable, y se ve que esas partidas maravillosas que invierten en asesores para tapar los hoyos de su ignorancia y maquillar su incompetencia, tampoco ayudan en este sentido.
Pobre Wert.

No arremeteré contra su clase de niños bien que compran títulos de ADE en prestigiadas y prestigiosas universidades católicas y luego ponen sus conocimientos al servicio de la empresa familiar, y la militancia, al socaire del pez gordo de la Diputación, la Comunidad o más arriba, según las ambiciones de Borjita, que el dinero público sólo se malgasta cuando va a los zánganos de los desempleados o a los dependientes, a la Sanidad y Enseñanza públicas ¿Por qué tengo que pagar yo con mis impuestos la matrícula de los demás? (Comentario real, señores, de una mocita de 16 añitos).
Pobre niño rico, nostálgico de caudillajes, tener que ver a maricones casándose: Antes muerto que adoptado por una pareja gay (comentario real, señores, emitido por una criatura de 17 añitos)

No, no culparé a estos señoritos de cortijo y montería, raya al lado y marítimos, los progres ya nos impusieron ese pleonasmo conceptual que es Filosofía y Ciudadanía, marginando el estudio de la Lógica, disciplina a la que de buen grado consagraría los dos años de la asignatura. Lo que dijo este o aquel nada importa, eso no es Filosofía, es la actividad y no el producto, se conjuga en infinitivo y no en participio, Filosofía es la lectura, la escritura y las reglas que rigen el pensamiento.
Pero tampoco vamos a culpar a aquellas almas cándidas que el mejor de los casos habían leído en sus años mozos alguna antología del Capital o a Marcuse en francés, y veían la Filosofía como una forma de ingeniería social (ingeniería, labor de insectos), que requería un adiestramiento previo en valores democráticos; a todas luces una contradicción en términos.

En los planteamientos de la enseñanza de la Filosofía se detectan varios problemas de fondo, solidarios con los mismos que aquejan a todo el sistema educativo en lo que respecta a las Humanidades y del que ya hemos hecho un apunte.

Las Humanidades se trabajan a través de la memorización de conceptos, que en la práctica no son más que nombres y fechas (me descorazona ver el modo en qué se enseña Literatura). Platón apuntó desacertadamente los males de la escritura y la pereza que aparejaba, al no tener que memorizar nadie se esforzaría en hacerlo, esquinando a una de las facultades cruciales del entendimiento. No supo ver el caudal de saberes que permitía embalsar y la posibilidad de su difusión. Ahora pasa lo mismo. El libro de arena virtual al que pasamos conectados varias horas al día, ofrece la biblioteca soñada por Borges, ergo lo que debemos enseñar es a hacer preguntas y buscar respuestas, cotejar información, cribar, ser críticos, analizar, huir del dogmatismo, identificar argumentos falaces, desenmascarar ideologías.
Todavía hay quien cree que tener “cultura” es saberse los ríos de la Península.
La Filosofía es una actividad, un ejercicio reglado por la lógica consistente en problematizar la evidencia y que encuentra su asiento en el espacio textual, con lo que debería replantearse la metodología didáctica de la misma. O dejarla morir. Sabemos que la suerte está echada.

Vayamos con la segunda objeción. Seamos claro, el pensamiento es un arma cuya necesidad sólo se ve cuando el sujeto se siente amenazado: romper en caso de incendio. Cuando la masa languidece en el confortable relajo que ofrece el tener las necesidades básicas cubiertas y el tiempo de ocio completo, pensar, problematizar sobre algo, se antoja superfluo, incómodo y hasta enojoso. Y eso, con la que está cayendo. En el gremio en el que me muevo, donde el presente no es especialmente boyante y el futuro inmediato, una incógnita, preocupa mayormente dónde pasar los carnavales, la rebajas, el Iphone 5 de fulano o el cumpleaños de zutano.
Podríamos concluir que la Filosofía precisa de crisis, su facultad problematiadora viene al pelo cuando se presentan “problemas”, se cuestiona un paradigma, científico, económico, político o social.
Ahora alguien podría observar que, por esa regla de tres, nunca tanto cómo ahora, resulta pertinente fomentar el ejercicio del pensamiento, y tendría más razón que un santo, por eso, algunos, los paranoides de atar, queremos ver en la propuesta de Wert una sibilina estrategia para eliminar el último resquicio por el que podría colarse la crítica y la disidencia en el sistema educativo. La consagración del dogmatismo, al fin y al cabo, necesitamos ingenieros no filósofos.
Al fin y al cabo, aquéllos son más dóciles, ganan más pasta y consumen, que es lo que nos hace falta pa´salir de puñetera crisis la crisis.

El tercer gran problema a que nos enfrentamos a la hora de enseñar filosofía (algo, por otro lado, imposible, cómo bien nos hizo ver José Luis Pardo en La regla del juego, toda vez que las reglas del juego se aprenden jugando, con lo que su conocimiento es implícito, y en cierto modo, la actualización de su recuerdo operada durante su ejercicio, algo ya desde siempre sabido, como el esclavo del Menón sabía geometría sin haber sido instruido) es la falta de referentes textuales de la generación actual, tanto literarios, artísticos, musicales o fílmicos. No se puede pensar sobre el vacío, el pensamiento sólo es posible a partir de un texto que engendra otros textos. Il n`i a pas de hors-texte. 
Pero parte de la juventud actual, y de esto es responsable el sistema educativo, nada ha leído, no sabe escribir y, lo peor, lo sabe y se la trae al pairo. La lectura ha perdido el poco prestigio que obliga hace unos años a leer siquiera para contar que uno lee, como el que enseña un Rolex.

En última instancia, tenemos la impresión de que nadie sabe para qué cojones sirve leer a Platón o a Machado, saber quién era Leonardo y analizar sus obras, salvo para tener “cultura”, claro. Tenemos la impresión que si las Humanidades no has sido definitivamente desterradas de los planes de estudio, como en Corea del Sur, es a causa de un último reducto de prestigio que va marchitándose más y más y más.
Queremos conocimientos con los que mercadear en el mundo laboral, ser competitivos y ganar pasta, no saberes que ensanchen nuestra visión del mundo, fomenten el acercamiento al otro o promuevan un sistema justo. El individualismo, la rapacidad, el sálvese-quien-pueda en que se ha convertido nuestra sociedad, se beneficia de la presbicia intelectual a que condenan los saberes técnicos.

Sí señores, ya lo dijo Nietzsche, nuestra visión del mundo no es lógica, es axiológica. La lógica es un instrumento, pero en esencia la Vida, la Voluntad, la Fuerza, son modos de valorar. Nuestro modo de ser y estar ante el mundo es valorando. Es más, la valoración crea un mundo, pues es el punto de vista del sujeto, intransferible, irreductible, sagrado.
Bien es cierto, que los que hablan hoy de valores, “fomentar valores” y gazmoñerías por el estilo, parecen catequistas y en el fondo no tienen ni puta idea de qué significa valorar.

En su último libro, uno de los hombres más inteligentes del planeta, el señor Hawking, consideraba a la Filosofía como un vestigio del pasado definitivamente superado. Habemus scientia! Así, la ciencia se convierte en un evangelio hodierno, un dogma cuya autoridad no se cuestiona so pena de pasar por ignorante y arder en las llamas del escarnio, cuando, cómo bien observara Wittgenstein, todo lo que conocemos, nuestras verdades sólo son las hipótesis más v-e-r-o-s-í-m-i-l-e-s, no hay Verdad alguna, salvo que queramos convencernos de lo contrario. En cuyo caso, el pensamiento crítico deviene un obstáculo que hay que salvar, ¿cómo?, desacreditándolo, desautorizando su práctica, como otrora hiciera la Iglesia con la ciencia. Idéntico proceder.
Tanto coeficiente para esto, Mr. Hawking.

Pronto seréis libres, jóvenes y jóvenas, de las comeduras de tarro de esos tipos que nada tenían que hacer salvo tirar de canuto y alumbrar ocurrencias que a ninguna persona normal, o al menos sobria, se le ocurrirían, y podréis dedicar vuestro valioso tiempo, a materias de más provecho durante las que podréis wasapearos sin miedo a perder el hilo, y no más problematizar nada, coño, que las cosas están bien cómo están, que la realidad es esto que toco, y no parece que se vaya a mover de aquí, que yo sé bien quién soy, y que eso de que no puedo tener certeza de si el agua hervirá cuando la ponga al fuego hasta que no lo vea, es una soberana gilipollez, ganas de buscarle tres pies al gato. Un poco de sentido común.

Y vosotros, los inadaptados, los antisociales, los melancólicos, los pesimistas, los que os encerráis entre sombras en vez de salir a pasear bajo el sol que se insinúa a la tarde, ver gente, comprar en las rebajas, cenar en ese nuevo restaurante de Pizarro o pasar los carnavales en Cádiz, vivir, chico, pues eso, vosotros, los freaks que entabláis un diálogo con los muertos (“escuchando con los ojos”, que dijera Quevedo), y cada vez menos queréis saber de los vivos, siempre hallaréis el sendero de la mano izquierda que allega a las puertas herrumbrosas del pensamiento, aunque nunca hubiéramos cursado Filosofía en Bachillerato, estoy convencido, que los que militamos a este lado, lo hubiéramos hecho.

Así que, que se jodan Wert y su ralea domadora de pulgas, podrán quitarnos el trabajo, podrán quitarnos el subsidio y desahuciarnos y rompernos la cabeza cuando nos quejemos por todo ello, pero eso, no, eso no nos podrán quitar.

Pensar, en estos tiempos, es un modo de resistir.

jueves, 17 de enero de 2013

MATER LACRIMARUM






Más allá de las venas y la risas,
el pan sacramental y el vino lúbrico.
Más allá de los signos de una incierta astrología que teje con su urdimbre figuras de dolor.
Más allá de la memoria cautiva en el andamiaje sutil de una mentira.
Más allá del ahora, de la estación en que maduran las bayas y se deroga el verde.
Más allá del después.
Entre un sin fin de luces que buscan tus oídos,
luz profunda de aurora degollada.
Entre un vergel sembrado de fetos muertos o lamentos enterrados o
vísceras que humean entre tus piernas sangrantes abiertas en ávido compás.
Y calzó de locura tu alma.
Y olvidaste ya el número de las bellotas lloradas sobre lo yermo.
Olvidaste un llanto vesperal clavado en el madero que pulsa silencios en un Edén vacío.
Sobre el filo de la noche gemebunda,
semillas como lágrimas, lágrimas como piedras,
percutiendo sobre la cúpula vacía,
sin eco ni memoria, ni compás, ni espera,
bajo un cielo malvado,
entre el resquicio de tus labios sin besos,
contra pechos ya secos rematados en cuchillos,
ante un vientre saqueado, templo de soledad,.
en una bulba convulsa, dentada y glotona.
Y oigo el lamento del roble, su voz astillada y humeante.
Las manos cautivas alzadas a la noche.
Si pudiera llenar de moho las catedrales,
verter planetas en un diván herrumbroso,
fiscalizar el dolor de un reloj parado sobre el andén vacío,
o vestir de luto las lágrimas sangrantes de los arrabales.
Pero viniste hasta mí, Lillith, mendigando una muerte,
en los pliegues del dolor.
Y quise abrazarte sin brazos, hablar con palabras mudas, crispar tu soledad en la alameda.
Quise que comprendieras,
pero sólo quería y nada sabía del dolor y la sangre,
El semen marchitó tus caderas y una ira me arrastró hacia el molino.
Y sin embargo, supe y perdí y maté.

Viniste a mí mendigando una muerte y yo fui tu asesino.




miércoles, 16 de enero de 2013

DE LA NOSTALGIA Y OTROS DEMONIOS









(El viejo siente nostalgia porque necesita creer que hubo un tiempo en que fue feliz. Dulce ficción la realidad pretérita.)

La nube negra vigila el paseo de la niña y el viejo.
El viejo y la niña caminan por, sobre, entre los pliegues de la tarde fría y domingo de este enero difunto (el mundo, después de todo, se acabó).
Pasan por el parque. Di adiós, hija, di adiós a este parque en el que has pasado tantas tardes felices.
La niña apenas desvía la mirada de sea lo que fuera aquello que reclamaba su atención. ¿No te despides?
NO.
La niña no siente nostalgia. El viejo acaba de recibir una lección.
¿No te da pena dejar el barrio en el que has pasado tus primeros cuatro años de vida?
La niña responde con su silencio. El silencio se me desploma en el pecho. El niño tiene la mirada fija en el porvenir, no tiene pasado, no precisa de memoria ni condesciende con sus mentiras halagüeñas. No conoce el rencor ni precisa el perdón.
Ya lo dijo Zaratrusta, el superhombre.
Los parroquianos, en la puerta de los bares, apuran colillas ateridas antes que empiece la segunda parte, mordiendo mecagüentós o celebrando aquella jugada del portugués, hay uno que llama la atención del colega sobre la polluda que pasa con su bolsa de chuches. A esa le daba yo gominolas.
Olor a fritura y cerveza. Otra de rejos y un litro.
Los bares del barrio.
Que el Madrid marca, jolgorio general, el estrépito jubilosos de la masa que mata así el tedio dominical. Alegrías pasajeras que pintan una sonrisa, que merecen otro trago. Coches estacionados en doble y triple fila. El chino en la puerta del bazar a lo suyo, ajeno al tiempo y diversiones tan españistaníes.
Y la gorda del bajo, paseando al perrito. Ya estamos todos.

Y la nostalgia otra vez enseñando el liguero.
La niña camina delante con paso ligero, pisando crepúsculos, comiendo doritos.
Diez años hubiera hecho en septiembre. Las cifras redondas concitan nuestra fe en el Logos estoico, la danza de la realidad, el destino sutil que guiña un ojo a los hermeneutas peregrinos que más que vivir la vida, la leemos, interpretamos señales, buscamos una estructura, un móvil, coherencia argumental, algún motivo temático que preste valor a los sucesos más nimios, a la presencia de esos objetos vulgares que devienen símbolos y cifran un sentido, el de mi vida, el del mundo…
Demasiadas novelas, Marco.

Nostalgia, esa puta que nos fía siempre, la puta más fea del garito, fea como un pecado, pero cómo fía, pues eso.
Hubo un tiempo en que follábamos con Esperanza, ¿te acuerdas?
Espe se sentaba en mis rodillas nada más verme, y pedía un gintonic con Bombay Saphire. Espe susurraba en mi oído canciones de su tierra, canciones tristes de otro hemisferio que me la ponían como el hormigón armado, pero la muy puta subió la tarifa, y tal y como están las cosas, tenemos que conformarnos con Nostalgia, la tuerta, que te la tiene que agarrar con las dos manos al llevársela a la boca.
Y que nos mira con esa sonrisa servil mientras la tomamos por la popa. Siempre volviendo la vista atrás, como un ángel de Klee, para encontrarse con una mueca de tedio inalterada, sin encontrar a mi mirada perdida en las grietas de la pared clamando por Olvido, otra que escapa a nuestro bolsillo. (Y Nostalgia se nos enfada, y dice, la próxima vez te follas a Melancolía, que tiene rabo y es manca, y te la sacude con la izquierda. Y pienso sin enfado, hay e ser de izquierdas hasta para las pajas.)



La niña persigue sombra que dibujan las farolas sobre el adoquinado. Y pienso, cuando dejamos de tratar de pisarnos la sombra, nos volvemos sombra. El pasado es sombra, las anécdotas que nos contamos los amigos cuando nada tenemos ya que contarnos, sombra; las cenas de aniversario en que nos contamos lo felices que fuimos, cenizas (por la pasión) y sombra.
Pero uno se detiene para echar un último vistazo al barrio y en su cabeza suenan violines como de Bach. Se ve hermoso, con esta luz marchitándose en su piedra antigua. La cuesta arriba tantas veces superada, balconadas con faroles y el cimborrio de la Iglesia de Santiago, clavado en la última luz del último día que mi hija y yo viviremos en la casa que la vio crecer.
Cerramos la puerta. Dejo la llave bajo el felpudo. No me apetece volver a ver a la casera.
33 de Francisco de Sande. Nunca me picó la curiosidad por averiguar quién era el fulano.

-Di adiós mi niña.
-Adiós papá.
-A mí no, a la casa.


Domingo, 13 de enero de 2013.